Storytelling- (el arte de contar historias para amplificar la atracción o hacer que ella se excite sexualmente)

Antes de empezar con el artículo de hoy, deja que te cuente una pequeña historia.

Aterricé en Kharkov (Ucrania) siendo ya de noche, el aeropuerto era pequeño y en él no había prácticamente nadie, solo los pocos que acabábamos de llegar desde Kiev, y yo, que viajaba solo, me fui corriendo hacia la salida porque no quería quedarme sin un taxi.

Me subí al primero que pillé, mostré al taxista la dirección que llevaba apuntada en mi móvil y… lo que no sabía en aquel momento es que estaba a punto de tener el peor viaje en taxi que he tenido en toda mi vida.

Pero, lo dicho, como en aquel momento no lo sabía, para mí todo iba perfecto :)

No sé mucho de coches, pero aquel taxi tenía pinta de estar funcionando desde los años 70. Los muelles del asiento se me clavaban en el culo, y hacía décadas que no escuchaba un motor que sonara tan mal, parecía que en cualquier momento iba a petar.

Entre esto y el lamentable estado de la carretera, en lo único que podía pensar era en las ganas que tenía de llegar a mi hotel.

A los pocos minutos de salir del aeropuerto, el taxista, un ucraniano de unos 45 años, bastante más alto que yo y de aspecto rudo y musculoso, empezó a hablarme, supongo que en ruso, y en un tono que, digamos, no sonaba demasiado amigable.

Yo le dije, en inglés, que no hablo nada de ruso, pero el hombre no entendía ni una palabra de lo que le decía. Él insistía, de una manera bastante poco agradable en hablarme en ruso, y yo le decía que cuando llegáramos, usara el traductor del móvil, pero claro, eso tampoco lo entendía.

No había forma humana de comunicarnos.

Pero el tío no se callaba. Seguía y seguía hablándome en ruso, cada vez de manera más intensa, hasta el punto de empezar a gritarme mientras, desafiante, me miraba a los ojos a través del retrovisor.

¿Pero qué WTF le pasa a este? —Pensé.

¿Me está amenazando?

¿Qué cojones quiere?

¿Dinero? ¿Me está pidiendo dinero?

Seguro que quería dinero, y no me refiero solo al precio de la carrera.

Reconozco que llegados a este punto, empecé a hacerme un poco de caquita en los pantalones.

En teoría el riesgo de secuestro en Ucrania es bajo, pero claro, si te vas al culo de Ucrania, donde el salario mínimo es de 85€ al mes… quizás habría sido buena idea informarse un poco más antes de llegar, no sé.

Y ahí estaba yo, en la carretera más oscura, solitaria y con las peores condiciones que recuerdo haber visto en toda mi vida, dentro de un taxi de 1970 conducido por un ucraniano que no paraba de increparme, y que físicamente era el estereotipo exacto que en las películas o series españolas representa a “las bandas del este”, bandas que se dedican al secuestro y la extorsión…

Y para colmo, el 3G de mi móvil no funcionaba.

No podía ponerme en contacto con nadie ni podía consultar Google maps para por lo menos confirmar que íbamos en la dirección correcta…

Y la carretera era cada vez más oscura y solitaria. Lo único que había a los lados eran árboles y más árboles.

¿Hacia dónde me estaba llevando el taxista ucraniano?

Mis manos empezaron a sudar, mi corazón empezó a latir cada vez más fuerte, tanto que podía sentir cómo casi se me salía del pecho, y empecé a asumir que estaba a punto de enfrentarme a una de las situaciones más chungas de toda mi vida.

Llegamos a una calle y, con un movimiento brusco, el taxista paró a un lado, bajó del coche, y vino hasta mi puerta, la abrió y, cuando salí, se puso frente a mí y empezó a gritarme de nuevo, esta vez directamente a la cara…

Era medianoche, hacía un frío de cojones y estábamos solos en una calle por la que no pasaba ni Dios y que estaba iluminada solo por una farola, y lo peor de todo, tenía pinta de que nadie podía escucharnos. Si el taxista ucraniano quería hacerme algo, iba a poder hacerlo sin que nadie se enterara.

Yo me concentré como nunca para tratar de entender qué me estaba diciendo, como si eso fuera a hacer que de repente pudiera entender el ruso, pero mira, de una manera u otra, funcionó, porque entre grito y grito acabé entendiendo lo que aquel hombre me estaba diciendo.

Efectivamente, me estaba pidiendo dinero.

Le pagué lo que marcaba el taxímetro, 150 grivnas (4,5€) que ya tenía preparadas en la mano, pero, obviamente, no era eso lo que el taxista me había estado pidiendo durante todo el camino. Quería más dinero.

En ese momento la pregunta era, ¿cuánto dinero me iba a costar que me dejara marcharme?

Enseguida lo iba a averiguar.

Le pregunté con gestos cuánto dinero quería, y el taxista ucraniano, por primera vez, puso cara de entender lo que yo le estaba diciendo, así que respondió a mi pregunta, también ayudándose con gestos.

Y cuando conseguí entender la cantidad de dinero que el mafioso ucraniano me estaba pidiendo, no me lo podía creer.

Me quedé totalmente HELADO…

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¡Un saludo y gracias!
Carlos Montoro
PD.: Hoy tocaba todavía un artículo de la encuesta anterior, pero habéis sido tantos los que habéis votado por este, que no he podido resistirme a adelantarme. Dejamos el otro para más adelante :)

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